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Bitácora

La estupidez humana es lo único incurable.

Rafael Mejía10 min de lectura

Una de las cosas más difíciles de comprender al principio, cuando uno se adentra en las 5 Leyes Biológicas, son los criterios del DHS (shock biológico). Hay una gran difusión de la idea de que las enfermedades son provocadas por emociones o conflictos psicológicos. Curiosamente, quienes promueven esas ideas no son censurados, a diferencia de lo que sucede cuando se explica el enfoque de las 5 Leyes Biológicas.

Llevo más de un año compartiendo contenido en redes sociales, y ya me han eliminado dos canales de TikTok y una cuenta de YouTube. Los temas que más censura han recibido han sido el contagio, las enfermedades autoinmunes, la metástasis, y especialmente aquellos videos en los que explico, con ejemplos del mundo animal, qué es un conflicto biológico.

Para comprender qué es un conflicto biológico, hay que dejar de lado nuestra interpretación humana y racional. Debemos observar con mayor atención y reconocer que todos tenemos un instinto que nos hace responder ante estímulos, un instinto que no controlamos conscientemente. Este instinto también está presente en los animales mamíferos: un perro, un gato, un jabalí… incluso un bebé. Todos ellos reaccionan ante estímulos y, a través de sus sentidos, envían información al cerebro para activar programas biológicos de supervivencia.

Por ejemplo, si me siento atrapado y sin posibilidad de escapar, mi biología puede optar por paralizarme aún más para evitar que el “depredador” me detecte. Como cuando alguien sufre un asalto y se queda inmóvil. Algunas personas, en cambio, reaccionan peleando. Ambas son respuestas instintivas de supervivencia: congelarse, huir o luchar. Igual que los animales presa que se “hacen los muertos”, no lo hacen por decisión consciente, sino por un programa biológico automático.

Lo que quiero que entiendas es que un shock biológico es una situación que, en una fracción de segundo, activa una respuesta en tu cerebro con el objetivo de adaptarse y sobrevivir. Por ejemplo: si enfrento una amenaza constante, mis ojos pueden adaptarse ulcerando el cuerpo vítreo para mejorar la visión frontal. Más adelante, durante la fase de reparación, esa adaptación puede manifestarse como un glaucoma.

Así, si me paralizo ante un conflicto, el cerebro ordenará a los músculos voluntarios que no se muevan. Esta orden parte de la corteza motora y da lugar a síntomas como esclerosis múltiple, fibromialgia, paresias o rigidez muscular. Todo esto tiene un origen: un evento intenso que activó una respuesta inmediata. Si el conflicto persiste en la psique, la biología mantendrá activa la percepción del conflicto motor.

No se trata de qué tan traumático fue un evento para ti conscientemente, sino de cómo lo vivió tu biología (psique-cerebro-órgano) en ese instante. Algunas personas desarrollan problemas en la piel (dermatitis, psoriasis, urticaria) tras una separación, mientras que otras, tras separaciones incluso más intensas, no activan ningún programa. Repito: lo que importa es cómo lo percibió tu biología.

Las emociones, en este sentido, son síntomas secundarios. En el ejemplo del niño que ve un dinosaurio, el depredador aparece primero. El niño no tiene un juicio racional, pero sus sentidos detectan la amenaza. Por eso corre y llora al mismo tiempo: la emoción surge como efecto. En paralelo, ocurren cambios orgánicos. Tal vez su laringe se ulcera para tragar más aire, y al día siguiente aparece afónico o con tos. Si la experiencia fue de “me siento atrapado”, podría manifestar contracturas en el cuello. Todo depende de cómo se vivió ese breve instante.

Casos que parecen “banales” pueden generar reacciones intensas. Conozco personas con dolor cervical simplemente porque no se sienten reconocidas por sus jefes, o porque dudan de su propia capacidad. Y repito: para su biología, eso es real.

La Medicina Germánica considera cada caso como único, porque cada individuo percibe el mundo de forma distinta. A una persona pueden traicionarla y desarrollar un cáncer de colon, mientras otra, acostumbrada a ser traicionada, no activa ningún programa. Es sutil, por eso insisto: hay que observar sin generalizar.

Una mujer, por ejemplo, vivió una gran preocupación cuando su empleada doméstica —quien cuidaba a su bebé— renunció porque iba a casarse. Su cerebro percibió que el bebé estaba en peligro, lo que activó un crecimiento en la glándula mamaria para protegerlo. Eso se llama cáncer de mama. Tal vez digas: “pues que contrate otra”. Pero en el instante del evento, el cerebro interpretó amenaza al nido, y actuó en consecuencia.

Lo importante es entender que es la vivencia conflictiva la que detona los procesos y efectos: emociones, síntomas, respuestas biológicas.

Otro ejemplo: si me siento desvalorizado e incapaz de actuar en cierta situación —como pareja, hija, madre, deportista—, mi cerebro interpreta que mi sistema músculo-esquelético no es apto. Entonces inicia una necrosis o descalcificación. Lo que la medicina tradicional diagnostica como enfermedad autoinmune es, en realidad, la primera fase del conflicto activo.

Una vez que se resuelve la desvalorización, el cuerpo inicia la fase de reparación con inflamación. Eso se traduce en artritis, lumbalgia, ciática, etc. Si se llega a una leucemia, quiere decir que la persona se sintió completamente inútil ante una situación muy intensa. La inflamación es el método del cuerpo para reparar, muchas veces con el fin de inmovilizarnos y sanar. La mayoría de los síntomas son parte de esa reparación, y no requieren medicación, sino comprensión del origen.

La clave está en no agravar el conflicto con miedo o diagnósticos mal explicados (iatrogenia).

Conclusión: no te enfermas por casualidad. De hecho, la palabra “enfermedad” nos confunde, porque nos impide ver que lo que ocurre es un proceso de adaptación biológica. Todo responde a programas. Si esto aún no te queda del todo claro, no te preocupes. Tarde o temprano, empezarás a observar más tu vida… y lo comprobarás. Eso sí, romper paradigmas no es fácil. Especialmente cuando hemos sido educados para culpar a virus, bacterias, tóxicos o, últimamente, incluso a la alimentación.

Pero ese es otro tema. Ya hablaremos de eso con calma.

Una de las cosas más difíciles de comprender al principio, cuando uno se adentra en las 5 Leyes Biológicas, son los criterios del DHS (shock biológico). Hay una gran difusión de la idea de que las enfermedades son provocadas por emociones o conflictos psicológicos. Curiosamente, quienes promueven esas ideas no son censurados, a diferencia de lo que sucede cuando se explica el enfoque de las 5 Leyes Biológicas.

Llevo más de un año compartiendo contenido en redes sociales, y ya me han eliminado dos canales de TikTok y una cuenta de YouTube. Los temas que más censura han recibido han sido el contagio, las enfermedades autoinmunes, la metástasis, y especialmente aquellos videos en los que explico, con ejemplos del mundo animal, qué es un conflicto biológico.

Para comprender qué es un conflicto biológico, hay que dejar de lado nuestra interpretación humana y racional. Debemos observar con mayor atención y reconocer que todos tenemos un instinto que nos hace responder ante estímulos, un instinto que no controlamos conscientemente. Este instinto también está presente en los animales mamíferos: un perro, un gato, un jabalí… incluso un bebé. Todos ellos reaccionan ante estímulos y, a través de sus sentidos, envían información al cerebro para activar programas biológicos de supervivencia.

Por ejemplo, si me siento atrapado y sin posibilidad de escapar, mi biología puede optar por paralizarme aún más para evitar que el “depredador” me detecte. Como cuando alguien sufre un asalto y se queda inmóvil. Algunas personas, en cambio, reaccionan peleando. Ambas son respuestas instintivas de supervivencia: congelarse, huir o luchar. Igual que los animales presa que se “hacen los muertos”, no lo hacen por decisión consciente, sino por un programa biológico automático.

Lo que quiero que entiendas es que un shock biológico es una situación que, en una fracción de segundo, activa una respuesta en tu cerebro con el objetivo de adaptarse y sobrevivir. Por ejemplo: si enfrento una amenaza constante, mis ojos pueden adaptarse ulcerando el cuerpo vítreo para mejorar la visión frontal. Más adelante, durante la fase de reparación, esa adaptación puede manifestarse como un glaucoma.

Así, si me paralizo ante un conflicto, el cerebro ordenará a los músculos voluntarios que no se muevan. Esta orden parte de la corteza motora y da lugar a síntomas como esclerosis múltiple, fibromialgia, paresias o rigidez muscular. Todo esto tiene un origen: un evento intenso que activó una respuesta inmediata. Si el conflicto persiste en la psique, la biología mantendrá activa la percepción del conflicto motor.

No se trata de qué tan traumático fue un evento para ti conscientemente, sino de cómo lo vivió tu biología (psique-cerebro-órgano) en ese instante. Algunas personas desarrollan problemas en la piel (dermatitis, psoriasis, urticaria) tras una separación, mientras que otras, tras separaciones incluso más intensas, no activan ningún programa. Repito: lo que importa es cómo lo percibió tu biología.

Las emociones, en este sentido, son síntomas secundarios. En el ejemplo del niño que ve un dinosaurio, el depredador aparece primero. El niño no tiene un juicio racional, pero sus sentidos detectan la amenaza. Por eso corre y llora al mismo tiempo: la emoción surge como efecto. En paralelo, ocurren cambios orgánicos. Tal vez su laringe se ulcera para tragar más aire, y al día siguiente aparece afónico o con tos. Si la experiencia fue de “me siento atrapado”, podría manifestar contracturas en el cuello. Todo depende de cómo se vivió ese breve instante.

Casos que parecen “banales” pueden generar reacciones intensas. Conozco personas con dolor cervical simplemente porque no se sienten reconocidas por sus jefes, o porque dudan de su propia capacidad. Y repito: para su biología, eso es real.

La Medicina Germánica considera cada caso como único, porque cada individuo percibe el mundo de forma distinta. A una persona pueden traicionarla y desarrollar un cáncer de colon, mientras otra, acostumbrada a ser traicionada, no activa ningún programa. Es sutil, por eso insisto: hay que observar sin generalizar.

Una mujer, por ejemplo, vivió una gran preocupación cuando su empleada doméstica —quien cuidaba a su bebé— renunció porque iba a casarse. Su cerebro percibió que el bebé estaba en peligro, lo que activó un crecimiento en la glándula mamaria para protegerlo. Eso se llama cáncer de mama. Tal vez digas: “pues que contrate otra”. Pero en el instante del evento, el cerebro interpretó amenaza al nido, y actuó en consecuencia.

Lo importante es entender que es la vivencia conflictiva la que detona los procesos y efectos: emociones, síntomas, respuestas biológicas.

Otro ejemplo: si me siento desvalorizado e incapaz de actuar en cierta situación —como pareja, hija, madre, deportista—, mi cerebro interpreta que mi sistema músculo-esquelético no es apto. Entonces inicia una necrosis o descalcificación. Lo que la medicina tradicional diagnostica como enfermedad autoinmune es, en realidad, la primera fase del conflicto activo.

Una vez que se resuelve la desvalorización, el cuerpo inicia la fase de reparación con inflamación. Eso se traduce en artritis, lumbalgia, ciática, etc. Si se llega a una leucemia, quiere decir que la persona se sintió completamente inútil ante una situación muy intensa. La inflamación es el método del cuerpo para reparar, muchas veces con el fin de inmovilizarnos y sanar. La mayoría de los síntomas son parte de esa reparación, y no requieren medicación, sino comprensión del origen.

La clave está en no agravar el conflicto con miedo o diagnósticos mal explicados (iatrogenia).

Conclusión: no te enfermas por casualidad. De hecho, la palabra “enfermedad” nos confunde, porque nos impide ver que lo que ocurre es un proceso de adaptación biológica. Todo responde a programas. Si esto aún no te queda del todo claro, no te preocupes. Tarde o temprano, empezarás a observar más tu vida… y lo comprobarás. Eso sí, romper paradigmas no es fácil. Especialmente cuando hemos sido educados para culpar a virus, bacterias, tóxicos o, últimamente, incluso a la alimentación.

Pero ese es otro tema. Ya hablaremos de eso con calma.

Con afecto,

Rafael Mejía.

Contenido exclusivamente educativo. No es consejo médico ni sustituye la valoración de un profesional de la salud. Solo para mayores de 18 años.

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